Miedo a volar

Llegó al aeropuerto con el tiempo suficiente para hacerlo todo con calma.
Era la tercera vez que viajaba sola después de haberse propuesto superar su fobia a volar tras sufrir un ataque de pánico durante un vuelo. La sensación había sido tan desoladora que le había impedido volver a subir a un avión durante mucho tiempo.
En plena madurez se sentía como una niña perdida intentando disimularlo detrás de su apariencia atractiva y segura.
Si alguien se detuviese a observarla, vería a una hermosa mujer, alta, con curvas suficientes como para rellenar su falda vaquera y el suéter negro de cuello alto.
El único rasgo que la delataba era la expresión algo temerosa y asombrada de sus ojos color miel.
Facturó su equipaje y después de pasar los controles sacó de su bolso una botellita de agua y una pastilla que se apresuró a tomar. Concentrada en su “particular” trabajo, se sentó a fumar esperando la hora de partir.
Sentía su piel hipersensibilizada y el corazón le latía velozmente.
Miró a todos los que estaban a su alrededor intentando adivinar el estado de tranquilidad o nerviosismo de cada uno.
Cuando se oyó la voz impersonal anunciando su vuelo, el tranquilizante estaba haciendo su efecto, y Ana sentía esa particular sensación de vacío y amortiguamiento.
Los minutos se deslizaron lentamente hasta que se encontró sentada en su sitio, escuchando a la azafata dar instrucciones de salvamento en caso de accidente.
Cerró los ojos respirando controladamente y luchando contra las imágenes que la asaltaban al escuchar la información.
Al volver a abrirlos y mientras el avión comenzaba a desplazarse, se encontró con la mirada de su compañero de asiento al que ni siquiera había visto. En sus ojos leyó la misma emoción en grado elevadísimo. Estaba a punto de entrar en pánico, pero intentaba mantener las apariencias sin apenas moverse.
Instintivamente Ana le apretó el brazo mientras el avión a una velocidad cada vez mayor, con los motores rugiendo a la máxima potencia, levantó el morro y se elevó en el aire.
Ambos contuvieron el aliento, clavándose los dedos el uno en el brazo del otro. Cuando el aparato empezó a estabilizarse se relajaron lo suficiente como para mirarse y casi simultáneamente echarse a reír aflojando la tensión.
Comenzaron a hablar tratando de buscar en los ojos del otro, la seguridad de que todo saldría bien.
Fernando le explicó con voz suave y profunda lo difícil que se le hacía volar, cosa que tenía que hacer con frecuencia por su trabajo. Sin embargo a pesar de todo lo que la razón y las estadísticas le confirmaban no podía evitar que su cuerpo se sumiera en el pánico.
Cuando Fernando hizo una pausa estirándose en el asiento, Ana vio su cuerpo flaco y flexible, alegrándose de tener un compañero de viaje que la ayudara a olvidar que estaba suspendida en el aire.
Él la miraba con la misma atención y entre los dos se producía esa corriente intensa de interés que fluía sin remedio.
Hablaron en voz baja a medida que el tiempo consumía kilómetros y la oscuridad iba envolviendo al aparato.
Ambos sentían la especial intimidad que iba estableciéndose entre ellos, buscándose las miradas, muy cerca el uno del otro, casi oliéndose, con la adrenalina corriendo por sus venas electrificando el ambiente.
Ana no podía creer lo que le sucedía. La situación la excitaba, él la excitaba, el miedo la ponía caliente. Vibraba de emoción y temor.
El miedo de Fernando lo hacía vulnerable bajo su aspecto intelectual y serio, quizás por eso ella se sentía conectada con esa parte indefensa.
Su rostro interesante, de ojos negros escondidos detrás de unas gafas, comenzaba a aflojarse y toda su cara se dulcificaba a medida que se iba encontrando mejor.
La boca carnosa rodeada por una barba incipiente se abría generosa a la sonrisa y ella no podía quitar la vista de esos labios, perdiéndose en la fantasía de imaginar cómo sería besarlos, entreabrirlos despacio y acariciarlos con la lengua.
Oleadas de imágenes cada vez más calientes la arrancaban del miedo, sintiendo la energía poderosa del deseo circular por su cuerpo.
De pronto el avión se sacudió de forma inesperada al entrar en una zona de turbulencias, instintivamente se agarraron de la mano. Ambos las tenían mojadas y frías.
Ella, esforzándose por no perder la calma le susurró que se quedaran tranquilos y con un gesto inesperado lo abrazó. Fernando suspirando profundamente la apretó contra su cuerpo apoyando la boca entreabierta en su cuello.
Una descarga intensa, mezcla de pánico, peligro y excitación los traspasó.
Sorpresivamente el miedo rompía barreras y los conectaba de manera básica y brutal. Se besaron con hambre, buscándose, acoplando los labios jugosos.
La lengua de Fernando la llenó de deseo y el sexo de Ana latió ante el contacto húmedo de la boca.
Nunca pensó en llegar a sentirse así, estaba dominada por el miedo, pero, casi como un milagro, el terror se disipaba dando paso a una emoción igual de intensa y diametralmente opuesta.
No se conocían pero en el abrazo y en el devorarse a besos no había lugar para la duda ni la razón. Amparados por la penumbra el juego se convirtió en un diálogo de suspiros silenciosos y de sorpresa.
Fernando apoyó la mano en el pecho de Ana, apretándolo apenas, sintiendo como se tensaba el pezón bajo su tacto caliente y como respuesta inmediata su pene se abultó cuando ella puso la mano en su bragueta. Con rapidez bajó las mesitas abatibles y cuatro manos sedientas bucearon ansiosas palpando piel, humedad y dureza.
Ana se recostó en el asiento mientras sentía como la mano de Fernando trepaba por su muslo acariciando con delicadeza la piel estremecida. Al llegar al pubis un dedo se deslizó por debajo del encaje de su braga rozando el vello suave y despaciosamente separó los labios mojados de su sexo.
Abrió un poco más las piernas facilitando el camino y creyó derretirse cuando ese dedo sabio hizo un círculo alrededor del clítoris que clamaba ser acariciado y se introdujo profundamente en su vagina.
Mientras, el avión aún se sacudía con cierta intensidad y un silencio total reinaba en todo el aparato y ellos, envueltos en el deseo, intentaban que nadie se diera cuenta de lo que sucedía tan cerca.
La mano de Ana comenzó a bajar rozando los botones de la camisa, metiendo cada tanto los dedos entre la tela y la piel para sentirlo. Tocó sus pezones pequeños y duros, rozó el vello del ombligo y sintió una punzada de calor. Por fin, tocó el cinturón y bajando un poco más deslizó la cremallera con suavidad. Introdujo los dedos por debajo de la cintura del calzoncillo y abrazó un pene magnífico y erecto al que envolvió con su mano caliente.
Como respuesta, los dedos de Fernando aumentaron la fricción de ese sexo a oscuras y Ana sintió que iba a tener su orgasmo. Se masturbaron con delicadeza y deseo entrecerrando los ojos para sentirse. Entonces Ana se corrió con un ligero gemido mientras acariciaba el pene húmedo y turgente.
Él retiró suavemente la mano de esa vagina aún hinchada acariciándole las ingles.
Ambos se miraron y Fernando con un movimiento imperceptible se colocó el pantalón lo mejor que pudo, levantó las mesitas y tendiéndole la mano la ayudó a incorporarse pidiéndole que lo siguiera.
Caminaron por el pasillo estrecho del avión. La luz tenue revelaba las sombras de las personas que dormían o miraban distraídamente la película.
Al llegar a la puerta del servicio, Fernando pidió a una azafata que leía despreocupada, una pastilla contra el mareo comentándole que su compañera no se encontraba muy bien.
La azafata abrió el botiquín y le alcanzó distraída, la cápsula y un vaso de agua.
Ana agradeció con voz débil, asumiendo su papel y abrió la puerta del baño guiada por Fernando que siguiendo el juego entró detrás de ella.
La puerta se cerró con un chasquido que activó la luz. En cuanto se rozaron intentando acomodarse en ese espacio minúsculo, ya por fin solos, el deseo se desató imparable.
Las manos se convirtieron en guías expertas sobre la piel del otro y las bocas recorrieron labios, lenguas, cuellos, sabores tan sexuales, tactos húmedos que dejaban dulces rastros de saliva tibia.
Apretándose entre el pequeño lavamanos y el cuerpo delgado de Fernando, Ana sintió sobre su pelvis la presión cada vez mayor del pene que se erguía y al que sólo deseaba tener dentro de ella.
Entonces él sin dejar de besarla, le levantó la falda dejándole el trasero al aire reflejado en el espejo. Enseguida dos manos cubrieron esas poderosas nalgas hundiéndose en la carne y ella disuelta y perdida en los sentidos se apretó contra el cuerpo de Fernando.
El tiempo se detenía en ese espacio diminuto y ambos, incapaces de dejar de tocarse se frotaban uno contra el otro con desesperación.
Por fin podían liberarse de parte de la ropa y al levantar por encima de la cabeza de Ana el suéter negro, quedaron al aire dos pechos redondos y libres con oscuros pezones erguidos que Fernando succionó envolviéndolos con esa lengua experta, mientras liberaba su pene, que dolorosamente intentaba abrirse paso.
Ana fue bajando la boca por la piel recién descubierta. Su lengua sintió cada centímetro, cada pequeño lunar, lamiendo el vientre y toda la superficie carnosa de ese miembro que se levantaba delante de sus ojos.
Lo introdujo despacio y profundamente entre sus labios envolviéndolo con la lengua, mojando y resbalando con infinito deleite una y otra vez, jugando con los ligeros golpeteos de su boca que succionaba esa verga preparada para darle placer.
Fernando casi sin poder contenerse la ayudó a incorporarse. Ambos buscaban la mejor forma de poder liberar esa carga potente de deseo y adrenalina.
La vagina húmeda se dilataba caliente mientras Ana deslizaba hasta sus tobillos la húmeda braguita de encaje. Ya los dedos de Fernando habían sido la mejor de las promesas, así que cuando él la dio vuelta y la colocó mirando hacia el espejo, ella se vio inclinada, apoyada en los codos, con sus pechos balancéandose y sobre la espalda el cuerpo de él, duro y envolvente, que la cubría llenándola de placer.
Sus miradas se encontraron y la dura verga se introdujo en esa cavidad dulce y mojada que la absorbió en la primera embestida.
Los pechos de Ana se movían al ritmo de las caderas sacudiéndose cada vez más rápido. Se veía follando en el espejo, y la imagen de altísimo voltaje la hacía gemir y humedecerse cada vez más, el cristal se empañaba por momentos con los alientos ardientes, y las piernas le temblaban, mientras Fernando la penetraba comiéndole el cuello a mordiscos y besos, chupándola y deslizando las manos por su torso para encontrar sus pezones duros de placer.
El ruido de los motores ahogaba los suspiros, los gemidos de gozo, las palabras perfectas que vibraban en el aire.
Cuando creyó que iban camino al orgasmo, él la giró quedando los dos de frente. Se besaron con avidez acoplando los cuerpos apoyados contra el lavamanos que sirvió de improvisado asiento.
Con urgencia Ana se desprendió del todo de su pequeñísima braga azul y apoyada en sus manos, levantó las piernas anudándolas alrededor de la cintura de Fernando y como si fuera un encastre perfecto su pene se hundió entre sus ingles y desapareció resbalando dentro, en un solo movimiento.
Comenzó a mover las caderas, cuando sintió esa verga llenándola por completo e intentó que el clítoris rozara rítmicamente contra ella.
Se mordían los labios bebiéndose el aliento, con jadeos y pequeños gruñidos.
Fernando empujó hundiéndose hasta juntar una pelvis con la otra, sintiendo la humedad de ambos mezclada y escurriéndose por esas magníficas nalgas.
Ya no podía retener mucho más tiempo el orgasmo, así que le susurró que iba a correrse. Ella lo apretó aún más contra sí y entrelazó su lengua con la de él succionándola levemente. Lo sintió clavarse profundamente para continuar con unas cuantas embestidas y eyacular con un gemido largo y poderoso.
Ana ronroneó de placer y Fernando se relajó retirándose un poco. Se miraron sonriendo y ella se apoyó contra el espejo con las piernas aún entrelazadas al cuerpo de él. Su coño brillaba con algunos hilos de semen, abierto y receptivo.
Comenzó a acariciárselo buscando otro orgasmo para el que estaba nuevamente dispuesta.
Fernando que la miraba tocarse se inclinó para besarle los pezones y mientras ella se masajeaba el clítoris, él le introdujo un dedo en la vagina.
-“Córrete para mí, cielo”- Susurró él contra su boca-“Córrete otra vez, amor”-
Entonces Ana imparable se sacudió contra su mano, contra esos dedos que la penetraban, contra ese cuerpo apasionado y se entregó a sentir ese momento irrepetible.
Se quedaron quietos, abrazados, acariciándose para prolongar un poco más el momento, sabiendo que tenían que volver a sus asientos, ella “recuperada” del malestar y él como atento compañero de ayuda.
Con lentitud se vistieron haciendo equilibrios para poder moverse, sin poder dejar de tocarse, de volver a la piel del otro, a sentir el tacto sensible después del sexo.
Fernando abrió la puerta y salió llevándola de la mano. La azafata que seguía en su sitio leyendo, levantó la vista y arqueando una ceja le preguntó a Ana si se sentía mejor.
Los tres se miraron y en ese gesto tácito no hicieron falta palabras.
Volvieron a sus sitios por el estrecho pasillo. La noche cerrada, sumergida en ese cielo infinito los acogía y ellos acurrucados en los asientos disfrutaban de ese instante que sólo los amantes pueden entender.
La cena fue servida poco después y con una copa de vino se quedaron relajados, hablando despacio, sintiendo que el placer había roto el frío espacio del miedo en mil pedazos.
El tiempo devoró los kilómetros restantes envolviéndolo todo con la luz dorada del amanecer que los encontró inmersos en la sutil complicidad del deseo.
Iban llegando ya al destino, y el aparato comenzó a descender suavemente atravesando las nubes, suaves algodones de diferentes colores que asumían distintas formas.

Cuando el avión apoyó con fuerza el tren de aterrizaje desplazándose vertiginosamente por la pista, ellos, tomados fuertemente de la mano, se despidieron en silencio.

Luna Roja

~ por CamaDeRosas en marzo 29, 2007.

Una respuesta to “Miedo a volar”

  1. Es la primera vez que visito esta pagina.
    Los relatos son sencillamente espectaculares. Facilmente puedo crear en mi mente las fantasias aqui consignadas y solo deseo poder ser parte de ellas.

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